Ruth Ferrero-Turrión*
Público es
Hay épocas históricas que se anuncian con grandes acontecimientos y otras que cambian silenciosamente, casi sin que nos demos cuenta. No porque falten guerras o crisis, sino porque lo que verdaderamente se transforma es aquello que una sociedad considera aceptable. El cambio no reside únicamente en los hechos, sino en la desaparición progresiva del asombro.
Ese es, probablemente, el fenómeno geopolítico más relevante de nuestro tiempo. No estamos asistiendo simplemente a una reconfiguración del orden internacional. Estamos entrando en un cambio de paradigma civilizatorio en el que el poder ha dejado de sentir la necesidad de legitimarse. Lo que hasta hace apenas unos años parecía excepcional hoy empieza a asumirse como normal. Y esa normalización es quizá mucho más inquietante que cualquiera de los acontecimientos concretos que ocupan diariamente los titulares.
La última decisión de la Cámara de Representantes estadounidense constituye un buen ejemplo. Por un ajustado resultado de 216 votos frente a 212 ha aprobado la Ley de Autorización de Defensa Nacional, que incorpora una disposición para profundizar la integración entre las estructuras militares de Estados Unidos e Israel. El texto todavía debe superar el trámite del Senado, pero la dirección política resulta inequívoca. No se trata únicamente de reforzar una alianza estratégica histórica. Supone institucionalizar una integración militar que difumina aún más la frontera entre los intereses estratégicos de ambos Estados y reduce los márgenes para cualquier política exterior estadounidense que aspire a mantener un mínimo de autonomía respecto a Oriente Próximo.
Al mismo tiempo, la Administración Trump continúa intensificando la presión sobre el Tribunal Penal Internacional. Desde 2025, ocho de sus dieciocho jueces y los tres fiscales del Tribunal permanecen bajo sanciones económicas estadounidenses por investigar presuntos crímenes internacionales relacionados con Israel. Marco Rubio ha convertido esa ofensiva en una prioridad diplomática. No es simplemente un conflicto jurídico. Es un mensaje dirigido a cualquiera que pretenda establecer límites al ejercicio del poder de las grandes potencias: quien investigue determinadas actuaciones también puede convertirse en objetivo. En otro momento histórico, una ofensiva semejante habría provocado una profunda crisis diplomática entre aliados occidentales. Hoy apenas ocupa unas horas en el ciclo informativo.
Tampoco parece suscitar demasiado debate que Donald Trump haya llegado a sugerir al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, como futuro secretario general de Naciones Unidas. Puede interpretarse como una provocación más dentro de su particular manera de entender la política, pero también revela algo más profundo que su intención de transformar las instituciones internacionales en escenarios del espectáculo y de la confrontación permanente. La propia idea de que la principal organización creada para gestionar la paz mundial pueda convertirse en un elemento más de la política performativa refleja hasta qué punto el prestigio del multilateralismo se ha erosionado.
Mientras tanto, la guerra continúa avanzando con una capacidad de destrucción que también empieza a formar parte del paisaje cotidiano. Los palestinos siguen siendo asesinados en Gaza y Cisjordania. El genocidio continua. El sufrimiento de la población civil ha dejado de constituir un acontecimiento excepcional para convertirse en un flujo constante de imágenes que apenas alteran la conversación pública internacional. Paralelamente, la guerra entre Estados Unidos e Irán ha terminado por instalar a Oriente Próximo en un escenario de confrontación regional abierta, con consecuencias todavía imprevisibles para la estabilidad global.
Pero quizás lo más revelador sea que el debate ya no gira en torno a cómo evitar la escalada, sino a cómo gestionarla. Incluso en Alemania, un país cuya cultura estratégica estuvo marcada durante décadas por una profunda contención militar, comienza a abrirse paso la discusión sobre la necesidad de contemplar una opción nuclear como respuesta al nuevo entorno de seguridad. Que semejante posibilidad pueda plantearse públicamente ilustra hasta qué punto se están desplazando los límites de lo imaginable.
Una transformación de estas dimensiones no podría ser posible sin los instrumentos tecnológicos operativos ya en nuestras vidas. El reciente episodio protagonizado por un nuevo modelo de OpenAI, que provocó un ataque sin precedentes contra otra plataforma de inteligencia artificial, constituye un recordatorio de que la competencia tecnológica está avanzando mucho más rápido que cualquier capacidad política para gobernarla. La inteligencia artificial ya no representa únicamente una revolución económica o científica. Se ha convertido en un espacio de competencia geopolítica donde convergen intereses militares, económicos y estratégicos de primer orden.
Todos estos acontecimientos parecen independientes. Sin embargo, forman parte de un mismo proceso. La política internacional ya no gira alrededor de la construcción de reglas compartidas, sino de la acumulación de capacidades. El poder militar, el control tecnológico, la superioridad económica y la influencia sobre los flujos de información sustituyen progresivamente a la búsqueda de legitimidad. No significa que el derecho internacional haya desaparecido. Significa que deja de ser el lenguaje principal mediante el cual los actores justifican sus decisiones.
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Durante décadas, incluso las grandes potencias necesitaron presentar sus actuaciones como compatibles con un determinado orden internacional. Existía una tensión permanente entre intereses y principios, pero los principios seguían siendo un referente indispensable. Hoy esa necesidad parece debilitarse aceleradamente. El lenguaje de la fuerza desplaza al lenguaje de las normas. La competición sustituye a la cooperación como lógica dominante. La excepcionalidad se convierte en rutina.
Resulta significativo que este proceso coincida con una creciente fragmentación del sistema internacional. La rivalidad entre grandes potencias, el debilitamiento de las instituciones multilaterales, la revolución tecnológica, la crisis climática y la proliferación de conflictos regionales no constituyen fenómenos independientes. Se alimentan mutuamente y configuran un escenario donde cada vez existen menos incentivos para construir bienes públicos globales y muchos más para reforzar posiciones de poder.
Quizá dentro de algunos años no recordemos esta etapa únicamente por el genocidio en Gaza, por la confrontación con Irán o por la nueva carrera tecnológica. Tal vez la recordemos como el momento en que dejamos de sorprendernos. Cuando sancionar jueces internacionales dejó de escandalizar. Cuando integrar estructuras militares sin apenas debate democrático empezó a parecer lógico. Cuando discutir la posibilidad del arma nuclear regresó al espacio público europeo. Cuando las instituciones multilaterales pasaron a ser objeto de burla en lugar de instrumentos de gobernanza. Cuando la inteligencia artificial comenzó a escapar del control político.
Los cambios de época no se producen solamente cuando caen gobiernos o estallan guerras. También ocurren cuando cambian nuestros marcos mentales, cuando se desplazan los límites de lo aceptable y cuando la fuerza deja de buscar justificación. Quizá ese sea el verdadero cambio civilizatorio que estamos viviendo. No el fin de un orden internacional concreto, sino el nacimiento de un mundo que ya no siente la necesidad de reconocer límites.
*Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la Universidad Complutense de Madrid.



