Henrique F Salas-Romer*
Hay algo que me preocupa profundamente: cuando más necesitamos unirnos, algunos parecieran estar más ocupados en hacer crecer sus partidos que en fortalecer la unidad nacional.
Lo he dicho muchas veces: este es el momento del país, no el momento de los partidos políticos.
Venezuela tiene urgencias demasiado grandes: comunidades con gravísimos problemas de agua, apagones constantes, salarios que no alcanzan, desempleo, pobreza, servicios públicos deteriorados y una economía golpeada por la desinversión.
¿Podemos darnos el lujo de estar escogiendo las cortinas cuando todavía tenemos que levantar la casa?
Pensemos en algo tan sencillo como una familia. Un padre o una madre con varios hijos trabaja para mantenerlos unidos. Pero si comienza a favorecer a uno por encima de los demás, aparecen los celos, los reclamos y las divisiones. ¿Cómo puede pedirles unidad a todos si sus acciones favorecen solamente a uno?
Algo parecido ocurre cuando pretendemos unir a todo un país mientras privilegiamos el crecimiento de una sola organización política.
Allí está la contradicción: hacer crecer un partido implica competir con otros; reconstruir Venezuela exige unirlos a todos.
Ambos objetivos son legítimos, pero no podemos poner la carreta delante de los bueyes. Porque, como dice el refrán, quien mucho abarca, poco aprieta.
Los partidos son indispensables para la democracia. Nadie tiene que renunciar a sus ideas ni a sus convicciones. Pero este es el momento de la generosidad, del desprendimiento y de comprender que ningún color partidista puede estar por encima de nuestra bandera nacional.
No es lo mismo vestirse de blanco, verde, azul o amarillo que levantar el tricolor venezolano, donde cabemos todos.
Primero debemos recuperar nuestras instituciones, reconstruir los servicios públicos, reactivar la economía y consolidar una democracia duradera. Después llegará el tiempo de que cada partido compita legítimamente con sus ideas y propuestas por la confianza de los ciudadanos.
La unidad no puede servir solamente para alcanzar el cambio. Tiene que ser también la fuerza que permita sostenerlo y reconstruir el país.
Y, por favor, ¡no comencemos a repartir los cuartos cuando todavía estamos tratando de levantar la casa!
Que nadie renuncie a sus colores. Pero que todos comprendamos que hoy tenemos una responsabilidad mucho más grande que cualquier aspiración partidista.
Primero pongamos a Venezuela de pie. Después habrá tiempo para que cada quien levante su bandera política.
Porque, al final, la casa es de todos. Y la bandera también.
*Ex gobernador del Estado Carabobo



