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Ricos que no quieren parecer ricos

by Sottovocce
4 de agosto de 2026
in Opinión
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Jahel Queralt*

EL PAÍS

 

“En Brasil hay más de 20 millones de madres solteras. Mujeres que, sin ayuda, tienen que luchar cada día para mantener a su familia. Yo soy una de ellas”. Así se dirigió Shakira a un público de dos millones de personas el pasado mayo en la playa de Copacabana. La frase llamó la atención por dos omisiones. La primera es conceptual: sus hijos tienen un padre, con quien —con el arreglo que sea— comparte la crianza, lo cual la excluye por definición de la categoría que reclama. La segunda, y más sorprendente aún, es material: un patrimonio estimado en 300 millones de dólares, que hace que luchar cada día sea más llevadero. En el calor del momento, a Shakira le pareció buena idea presentarse como una mujer normal tirando a apurada.

 

No es una anécdota. Basta un paseo por las redes para ver la cantidad de ricos muy ricos a los que les gusta pasar por gente corriente. David Beckham cuida de sus gallinas y presume de su huerto; el príncipe de Gales ha contado en varias ocasiones que cocina en casa y ha dicho que su plato estrella es el steak, que requiere una gran técnica, como todo el mundo sabe; Sam Altman sigue vistiendo como si ChatGPT aún fuera un proyecto de fin de carrera; y Marc Cucurella asegura que en Londres echaba de menos los cereales del Mercadona. Suerte que acaba de fichar por el Real Madrid y podrá pasarse a hacer la compra en familia como tienen costumbre, según cuenta su mujer.

 

La apariencia de normalidad se ha convertido en el escaparate de una parte de las élites. El look: sudaderas, camisetas lisas, uñas sin pintar y maquillaje natural. Los hábitos: hornear pasteles, tener huerto, pasear al perro en chándal con un café de Starbucks, pasar el fin de semana en familia. Y el ocio: naturaleza, deporte y el mismo tipo de música que le gusta a la plebe, o sea, Bad Bunny. Todos estos hábitos suponen una inversión histórica de los códigos del privilegio. A finales del XIX, el economista y sociólogo Thorstein Veblen explicó que las élites distinguían su posición mediante el consumo conspicuo: cuanto más ostentoso era el gasto, mayor era el estatus. El bombín, el palco en la ópera, las joyas, el servicio de plata. La distancia entre clases no solo existía: se exhibía. No es que esos códigos hayan desaparecido: ahí está la boda de Jeff Bezos en Venecia, o el ático de Trump revestido de oro, o la competición entre yates de los superricos, a ver quién lo tiene más largo. Pero algo ha cambiado. Lo que durante siglos fue impensable, que un rico se disfrazase de ordinario, se ha vuelto cada vez más común. La pregunta es por qué.

 

Dos sociólogos de Oxford y la London School of Economics, Sam Friedman y Aaron Reeves, han analizado la evolución del estilo de vida de la élite británica de 1897 a 2016. Confirman que se ha producido esta particular regresión a la ordinariez y lo atribuyen a una búsqueda de autenticidad. Su argumento es el siguiente: a medida que las élites se separan económicamente del resto, crece la sospecha de que se mueven únicamente por el dinero y el estatus. Para contrarrestarla, adoptan en público hábitos cotidianos como arrancar zanahorias del huerto, cuidar de su mascota o hacer magdalenas con los niños —actividades que, como ellos explican, no le sirven a nadie para medrar ni tienen un rédito económico. El rico aparenta ser normal porque no quiere que pensemos que es la versión 2.0 del capitalista que fuma puro con los pies sobre la mesa. Las magdalenas humeantes son la prueba de que tiene un corazoncito tierno. No digo que no tengan razón, pero hay que reconocer que lo de las magdalenas se ha vuelto muy competitivo y ostentoso, incluso entre las madres corrientes, ahora que se llaman cupcakes y hay Instagram. De modo que es probable que la explicación no sea solo psicológica. Sino que también sea política.

 

Puede que la autenticidad de la que hablan Friedman y Reeves no sea el objetivo final, sino un instrumento para lograr un propósito ulterior: la legitimidad. Las sociedades democráticas conviven cada vez peor con el privilegio heredado, pero aceptan relativamente bien las desigualdades que parecen fruto del mérito. El sociólogo Jonathan Mijs ha documentado, además, una paradoja incómoda: cuanto más desigual es una sociedad, más creen sus ciudadanos que el éxito depende del esfuerzo individual y menos importancia le dan al origen familiar. En los países nórdicos, más igualitarios, la gente tiende a explicar el éxito por factores estructurales: la familia, los contactos, la suerte. En Estados Unidos o el Reino Unido, donde la brecha es mucho mayor, la explicación dominante es el trabajo duro. Cuanto más desigual es una sociedad, más necesita creer que es justa. Y más necesitan sus élites parecerse al resto para legitimar su posición.

 

La apariencia de normalidad ayuda precisamente a construir esa impresión. Si cocinas para tus hijos, haces la compra en Mercadona, llevas sudaderas y escuchas a Bad Bunny, estás más cerca de parecer alguien que ha tenido éxito pero continúa siendo aquel chico o chica modesto. El que sigue desayunando unos cereales que no llegan a los dos euros aunque gane más de 50 millones al año. Pero la operación de aparentar normalidad tiene dos caras. No basta con disfrazar el privilegio presente, también hace falta editar el privilegio de origen. Rescatar al abuelo que llegó con una mano delante y otra detrás, empezar el relato en el primer trabajo mal pagado y pasar de puntillas por el patrimonio familiar o los contactos heredados. El célebre momento en que David Beckham obliga a Victoria a reconocer que su padre la llevaba al colegio en un Rolls-Royce se convirtió en un meme risible precisamente porque rompía esa tarea de edición: el Espíritu del Éxtasis que coronaba el capó arruinaba de golpe la historia de la chica corriente.

 

La aristocracia necesitaba parecer excepcional. La meritocracia necesita parecer ordinaria. O casi. Este verano volveremos a ver a multimillonarios haciendo barbacoas, poniendo crema solar a sus hijos y paseando por la playa en bañador. Pero la camiseta blanca será de Loro Piana y el bañador monocolor de Eres. Veblen sigue vivo. El privilegio continúa necesitando un uniforme. La diferencia es que los nuevos bombines permiten conciliar dos aspiraciones aparentemente incompatibles: aparentar ser uno más y seguir siendo distinto.

 

*Jahel Queralt es profesora lectora Serra Húnter en la Facultad de Derecho de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España). Su último libro, de próxima publicación, es Nadie merece nada (Anagrama).

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