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Portada » La siniestra historia de Mariana Callejas: madre, escritora y terrorista de Estado de Pinochet

La siniestra historia de Mariana Callejas: madre, escritora y terrorista de Estado de Pinochet

El periodista Juan Cristóbal Peña esclarece en ‘Letras torcidas’ la vida de la autora chilena cuya casa Lo Curro acogió veladas literarias y fue cuartel de la DINA

by Sottovocce
13 de septiembre de 2026
in Domingo de Letras
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Andrea Aguilar

EL PAÍS

La escritora chilena Mariana Callejas (Monte Patria, 1932- Las Condes, 2016) no ha caído en el olvido, aunque cueste encontrar sus libros. Sobre ella y su obra pesa una sombra densa y macabra por su trabajo como agente de la DINA y coautora de atentados. Tuvo tres matrimonios, cinco hijos, un buen puñado de relatos y algunos libros publicados, hoy descatalogados, pero lo cierto es que es su propia vida lo que parece la trama de una novela.

 

Callejas dio un portazo a la casa familiar en la adolescencia para dejar los estudios y casarse. Poco después, ya separada, dejó Santiago, marchó a Israel, al kibutz de Naan primero y luego a Kisufim, adonde llegó en 1951. De allí fue a Nueva York, ciudad que inspiró algunos de sus cuentos, antes de regresar a Santiago. En la capital chilena conoció entonces a su tercer marido, Michael Townley. Él tenía 17 años y ella 28. Pasaron un tiempo en Miami hasta su regreso definitivo a Chile poco después del golpe de Pinochet, el dictador para quien el matrimonio trabajó como agentes de la DINA.

 

Mientras ella iba abriéndose hueco en la escena literaria y asistía al taller de Enrique Lafourcade que acabó acogiendo en su propia casa, la pareja llevó a cabo operaciones tan sonadas como los atentados contra los ministros de Salvador Allende que estaban en el exilio, Carlos Prats en 1974 en Buenos Aires y Orlando Letelier en 1976 Washington. Townley fue deportado a Estados Unidos cuando se filtró su participación en esta última operación en 1978. Callejas pasó unos meses en prisión en 2003 y tuvo un largo caso judicial, pero logró eludir mayores penas. Su condena de 20 años quedó rebajada a cinco sin prisión en 2010. Murió en un asilo de ancianos de Santiago afectada de Párkinson hace ahora 10 años.

 

Hubo una miniserie, Mike & Mary (2018), sobre su historia, pero fueron Pedro Lemebel en el texto Las orquídeas negras de Mariana Callejas, Roberto Bolaño en la novela Nocturno de Chile y Nona Fernández en la pieza teatral El taller quienes, entre otros, han tratado literariamente la historia de Callejas, en concreto esas veladas y reuniones de escritores que en el Santiago de los setenta la escritora en ciernes celebraba en la casa Lo Curro, que compartía con Townley y sus hijos a las afueras de Santiago, el mismo hogar que servía de cuartel a la DINA.

 

El veterano cronista chileno Juan Cristóbal Peña esclarece el mito que ha rodeado la figura siniestra de Callejas y pone en claro su intrincada biografía en Letras torcidas (publicado originalmente en Chile por UDP y que llega a España en el sello Debate). El libro reconstruye su vida a partir de archivos judiciales, cartas y entrevistas con un círculo amplio, incluida la propia escritora. De hecho el germen fue la serie de conversaciones que escribió para el Centro de Investigación Periodística y que mantuvo con la escritora en 2010, cuando la condena contra Callejas por el atentado a Carlos Prats estaba en última instancia.

 

Más de una década después, al recibir una propuesta de Leila Guerriero para armar un libro, Peña volvió sobre esas conversaciones en las que Callejas se rebelaba contra su condición de paria. “Cuando la visité ya había pasado unos siete meses en prisión hacía unos años. Me dijo que había leído a Bolaño estando presa con esa arrogancia, esa postura de que no le entraban las balas. Resultaba atractiva por su carácter. Fijaba la mirada, tenía cierto magnetismo, cautivaba. Era muy negadora, muy fija en su guion de que no sabía muy bien lo que estaba pasando, como un actor de reparto en aquel cuento del horror, pero está probado que ella y Townley hacían más de lo que les pedían y actuaron como terroristas internacionales de Pinochet por el mundo”, señala Peña.

 

Había textos periodísticos sobre los crímenes internacionales de la DINA en los que Callejas y Townley estuvieron involucrados, además de películas, obras de teatro y novelas. “Tomé esas lecturas para ponerlas al trasluz de la evidencia y ver el cruce entre crimen y literatura: qué es lo que ella está escribiendo cuando era agente de la DINA”, explica al teléfono Peña, quien visitará España este septiembre para participar en el festival Centroamérica Cuenta. “También me interesó algo más prosaico, la vida doméstica de una agente de la policía política de Pinochet que sigue siendo la doña de su casa con cinco hijos, dos de ellos menores de edad, la intimidad de ese matrimonio que acometía las tareas más importantes del terrorismo de Estado. En esa casa acogía a un círculo de artistas, había niños que rondaban, se torturó y asesinó y se crea literatura. Es una película de horror no solo por las atrocidades que allí se cometieron, sino también por el ambiente familiar”.

 

En las páginas de Letras torcidas se da cuenta, entre otras cosas, del secuestro de un cura y dos mujeres, cercanas a los principales accionistas del Banco Osorno, retenidos en Lo Curro; y del asesinato del diplomático español Carmelo Soria en esa misma casa donde Townley tenía también un laboratorio en el que experimentaba con gases, explosivos y dispositivos eléctricos. “Es difícil entender que los escritores que frecuentaban esa casa no hayan visto nada que les llamara la atención, algo extraño. Aquel era un periodo oscuro en el que desaparecía gente de forma masiva”, reflexiona Peña. “Lo Curro funcionó como polo de atracción literario durante dos o tres años y eso habla del clima de la época de quienes quedaron en Chile, de la complacencia, trauma y negación”.

 

Los informes y papeles acumulados en la casa ardieron en 1978 en una hoguera en el jardín cuando Townley fue deportado a los Estados Unidos. Callejas mantuvo esa residencia hasta que fue desalojada en 1995. A pesar de su destierro del mundo literario se autopublicó un libro de relatos, La larga noche, en 1981 en un sello que llamó Ediciones Lo Curro. ”Es muy perverso y se mezclan el descaro y la necesidad de salvaguardar su vida. El cuento que da título a la colección es sobre un hombre que está siendo torturado y creo que ella ahí estaba mandando una señal, porque lo que tiene para sobrevivir desde finales de los setenta son los secretos de los crímenes de la DINA», apunta Peña. “Había escrito cuentos de guerrilleros en los años setenta, unos con final feliz y otros trágico. Y lo más perturbador es que los leyó en ese taller en su casa cuando era agente de la DINA”. También escribió la autobiografía Siembra vientos (1995) en la que se describe como “vehemente e impulsiva”.

 

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“Era una mujer desafiante y misteriosa que en los bordes de un feminismo adelantado hace lo que quiere. No tiene grandes convicciones políticas, lo suyo tiene más que ver con necesidades económicas y de estatus, animadas por un carácter aventurero, por el peligro y la violencia”, afirma Peña. “Era muy liberal en lo sexual, muy libre. Su casa Lo Curro estaba decorada con un estilo un poco hippy-New Age con artesanías, allí se fumaba marihuana y se bailaba”.

 

El taller literario estaba formado alrededor de Enrique Lafourcade y contaba entre los jóvenes asiduos con Carlos Franz, Carlos Iturra y Gonzalo Contreras, los “Niños” como los llamaba Callejas. El maestro, confeso admirador de la escritora, enfrió la relación cuando se destapó que su esposo era miembro de la DINA, pero más adelante retomó el contacto. Carlos Iturra escribió sobre todo aquello en el cuento Caída en desgracia y siempre fue un firme defensor del talento de la autora. Carlos Franz ha eludido el tema y, cuando habló brevemente en una entrevista, Callejas no perdió ocasión de responderle y decir que Franz siguió yendo a visitarla hasta bien entrados los ochenta. Mariana no quería esconderse y seguía acudiendo a la Sociedad de Escritores de Chile, la misma que había fundado Pablo Neruda, “como si no arrastrara un pasado infame, como si fuera otra”, escribe Peña. Y fue allí donde la enfrentó Matilde Ladrón de Guevara en 1985 a gritos, hasta que Callejas marchó.

 

Lo cierto es que muchos fueron los escritores o artistas que pasaron por Lo Curro, un lugar que escapaba al toque de queda. Desde Nicanor Parra hasta Carlos Leppe. La fiesta tras la inauguración de una exposición de este artista acabó por trasladarse a la casa de Callejas y parece que ahí, según escribe Peña, arrancó “la historia de hallazgos siniestros en habitaciones de la casa” sobre la que Bolaño fabuló en su novela. Esa noche el escritor Cristian Huneeus comentó que la casa le parecía rarísima y que fue a recorrerla con el pretexto de buscar un baño y se topó con dos tipos en un cuarto que manipulaban enormes equipos de radio y ”lo miraron muy feo”. Dijo al grupo que le acompañaba que tenían que irse rápido de allí, y se fueron. Pero el recuerdo de Lo Curro y sus horrores no se borra, y la historia de la maldita Callejas con esa “perversa frivolidad de quien ejerce el terrorismo de Estado por diversión”, como aprecia Peña, “provoca curiosidad y literatura”.

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