Alexandra Vives
Librera de Nido de Libros
Construir una biblioteca personal puede comenzar de modo espontáneo, incluso hasta de manera desordenada y aleatoria, resultando en una selección no necesariamente pensada. Quizás se comienza por libros que se heredan de padres o abuelos; libros recibidos como obsequio; libros que se van comprando sin verdadera convicción. Pero con el tiempo ese deseo de conformar un acervo personal va tomando un cauce más claro y la biblioteca va adquiriendo una identidad, un reflejo más cercano de las intenciones propias de lectura. Italo Calvino expresó este ideal, – si bien refiriéndose a cómo conformar una biblioteca de los clásicos pero que podemos extender a toda biblioteca -, de manera muy acertada e intuitiva:
«No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que hemos leído y que han contado para nosotros y los libros que nos proponemos leer y presuponemos que van a contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos ocasionales.» (Italo Calvino; Por qué leer los clásicos)
Ahora bien, ya no pensado en proporciones sino en números absolutos, ¿cuál debe ser el número de volúmenes de una biblioteca personal? Es de suponer que no hay una respuesta única ni correcta. Pero una manera de pensar sobre ello puede ser desde lo que significa sentirse envuelto, arrobado, embelesado y arropado por los libros de la biblioteca propia. Para ello existe el término book-wrapt, cuyo juego ortográfico entre wrap y rapt implicaría precisamente esto: envuelto y en estado de encantamiento dentro de un círculo de libros. Este término fue propuesto por Reid Byers en su libro “The Private Library: The History of the Architecture and Furnishing of the Domestic Bookroom (2021) y desde entonces ha sido acuñado para referirse a ese estado y/o relación con los libros. ¿Cuántos libros se requieren para llegar a ese sentimiento? Según Byers, el mínimo que debe haber en cualquier biblioteca personal es de 1,000 libros, pero para otros bibliófilos el número puede ser incluso más ambicioso. ¿Cuánto son suficientes? O, de otra parte, ¿lograremos ese enwrapment con menos libros?
Una biblioteca personal es más que una colección medida por cantidad. En esencia, toda biblioteca es un templo para honrar la creatividad, el conocimiento, así como para poder tener al alcance de la mano una puerta hacia el asombro. Es sobre todo una reserva de potencialidades. No es tanto lo que ya se haya leído de la biblioteca personal, sino la posibilidad de poder acceder en cualquier momento a aquello que aún no se ha leído. Y para un bibliófilo la satisfacción no solo deriva de lo ya leído sino de saberse en medio de un mundo en el que, si lo desea, nunca agotará sus posibilidades de lectura. Pero esta medida de cuánto es suficiente difícilmente puede calcularse en un número concreto. Una biblioteca podría ser una medida de la ambición del lector; un plan a futuro cuya concepción no está atada a una certeza de poderse lograr, sino que su valor reside en la idea de poderlo tan siquiera concebir. Un lector puede medir su propia ambición lectora por el tamaño de su colección. Y quizás una manera de aproximarse a la respuesta sería pensarlo en términos de como lo plantea el mismo Byers. En su artículo “How Many Books Does It Take to Make a Place Feel Like a Home”, Julie Lasky se refiere a ello:
«Byers llega al meollo de por qué los libros físicos siguen seduciéndonos. Individualmente, suelen ser útiles o agradables, pero es cuando los libros se exhiben en masa cuando realmente hacen maravillas. Cubriendo las paredes de una habitación, amontonados hasta el techo y exudando el aliento de generaciones, nutren los sentidos, matan el aburrimiento y alivian la angustia.»
Volvemos a la cuestión, ¿cuál es la medida? El escritor Arturo Pérez Reverte, según lo que reveló en una entrevista en 2018, tiene en su biblioteca más de 32,000 libros. Se dice que la de Samuel Jhonson, ensayista y crítico literario inglés del siglo XVIII, constaba de menos de 1,000 volúmenes. En algún momento Umberto Eco señaló que su biblioteca personal constaba de 50,000 libros. En una casa en Buenos Aires se conservan los libros que Jorge Luis Borges leyó en su vida y ronda los 2,000 volúmenes. Alberto Manguel, escritor y editor argentino-canadiense manifestó en alguna ocasión que la biblioteca de su hogar en Francia contenía alrededor de 35,000 libros.
Si hacemos un ejercicio genérico y más a modo especulativo sobre cuantos libros podría leer una persona en toda su vida, podremos dimensionar en toda su espectacularidad los tamaños de estas bibliotecas.
Supongamos un lector entregado, un superlector que pueda leer en promedio 80 libros al año, y si además tenemos en cuenta la expectativa de vida actual (alrededor de 70 años en promedio), y que los años de lectura sean de los 15 años en adelante (suponiendo un ritmo de lectura poco usual para un adolescente), este lector podría leer alrededor de 4,400 libros en toda su vida.
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Este ejercicio poco riguroso y que más bien sobrevalora la capacidad de lectura de un individuo, reafirma la idea central de que toda biblioteca personal expresa en realidad un deseo de concentrar en torno a si un ambiente de libros, a conciencia de que no será posible abarcarla toda, pero sintiéndose realizado de saber que quizás, solo quizás, podría algún día acercarse tímidamente a ello.
Según Eco, en “Confesiones de un joven novelista” (2006)
«Es una tontería pensar que tienes que leer todos los libros que compras, como es una tontería criticar a quienes compran más libros de los que jamás podrán leer. Sería como decir que deberías usar todos los cubiertos o vasos o destornilladores o brocas que haya comprado antes de comprar otros nuevos.»
Tener libros no se trata tan solo de leerlos todos, sino del placer que produce la tenencia de la riqueza cultural contenida en ellos. En la correspondencia y notas privadas de Friedrich Nietzsche se aprecia su desprecio hacia la visión superficial y utilitaria de los libros. Los libros no debían ser vistos como productos de consumo o mercancías. Del mismo modo Alberto Manguel ha abordado en su literatura la importancia de la lectura en la vida humana y cómo los libros pueden ser una fuente de consuelo, conocimiento y enriquecimiento personal.
«Hay cosas en la vida que necesitamos para tener siempre suficientes suministros, incluso si solo usaremos una pequeña porción. Si, por ejemplo, consideramos los libros como medicina, entendemos que es bueno tener muchos en casa y no pocos: cuando quieres sentirte mejor, entonces vas al ‘botiquín’ y eliges un libro. No uno al azar, pero el libro adecuado para ese momento. ¡Por eso siempre debes tener una opción de nutrición! » (Alberto Manguel, “El arte de la lectura”, 1996)
Es así que siempre existirá el debate de calidad versus cantidad. Pero también seguiremos existiendo aquellos que además de calidad queremos también cantidad.



