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Portada » Hitler ya dijo “yo soy la última oportunidad para Europa”

Hitler ya dijo “yo soy la última oportunidad para Europa”

Nadie parece captar bien el sentido del malestar que impulsa el populismo ultra en unos países anémicos de esperanzas

by Sottovocce
10 de septiembre de 2026
in Opinión
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Paco Cerdà

EL PAÍS

Estaba Hitler acorralado en su búnker de Berlín, desesperado antes de quitarse la vida, cuando dijo: “Yo soy la última oportunidad para Europa”. Mientras ardía un continente devastado por su obra, él aún se proclamaba la última esperanza para proteger a Europa de sus enemigos: los bolcheviques, los judíos, las democracias confabuladas con el capital para aprovecharse del obrero.

 

Hitler ya dijo yo soy el único capaz de salvar el tarro de nuestras esencias igual que ahora hacen estos nuevos populismos que se van apoderando de los europeos. Se adueñan de nuestra conversación desquiciada en las putrefactas redes. Se apropian de nuestras urnas convertidas en estercoleros de frustración. Usurparán la idea misma de Europa, esa que Steiner asoció con un café. Un café cualquiera de Lisboa, Odessa o Copenhague, de Palermo, Viena o París, donde gente distinta lee, conversa, se mezcla y luego se marcha sin odiar y llamar invasora con tuberculosis a una niña de 13 años que tiene la piel sospechosa de ser el Otro, el enemigo; la peste.

 

Leo un ensayo recién publicado: Siete perfiles de una Centroeuropa (H&O Editorial). Es una delicatessen intelectual, escrita por el gran traductor Adan Kovacsics, que se asoma al papel asumido por los grandes escritores del siglo pasado en la construcción de aquella idea de Centroeuropa hoy anémica de esperanzas y secuestrada por el miedo. Un miedo viscoso que lo impregna todo y que opera como esos relatos de Kafka donde uno asume que suceden ciertas cosas —un hombre convertido en insecto, un proceso judicial sin acusación conocida, una espera interminable ante la ley—, pero no entiende su sentido.

 

Posiblemente haya un sentido a que la ultraderecha arrase en un land alemán, supere el 40% del voto en las excomunistas Hungría y Polonia, gobierne Italia con un 35% de los votos y tenga un 34% del voto en la Francia ilustrada antes de que Le Pen pueda asaltar el Elíseo. Posiblemente haya un sentido a este descalabro de la Mitteleuropa que resurgió de las bombas, los hornos crematorios y el paredón. Sin embargo, nadie hasta ahora parece captar bien el sentido de ese malestar. Nadie lo define, lo rebate, le da respuesta y lo contrapone con una alternativa práctica de soluciones alejadas de abstracciones y de buenismo insuficiente para resolver los problemas reales o las zozobras imaginadas, no por ello menos reales. Mientras tanto, sin entender qué pasa, vivimos dentro de un relato de Kafka viendo los montes arder.

 

En momentos tan comprometidos como la Primera Guerra Mundial o los enfebrecidos años treinta, parece heroico que algunos de aquellos grandes escritores —Hofmannsthal, Kraus, Rilke, Bachmann, Roth, Celan, Husserl— clamasen por una Europa diversa en lenguas, etnias y credos. Roza lo épico que, en medio de la borrachera nacionalista y los peligros que acechaban al díscolo, ellos se atreviesen a reivindicar una Europa cosmopolita y supranacional que dejara de agitar banderas y aplaudir desfiles militares.

 

Sin embargo, hay algo que ha disparado mi interés en este breve libro. Un rayo de luz sobre el presente a partir de Stefan Zweig.

 

Dice Kovacsics que El mundo de ayer, uno de los cantos europeos más leídos, admirados e influyentes, idealiza el periodo previo a la Primera Guerra Mundial. Aquel tiempo que Zweig define como la edad de oro de la seguridad fueron también los años en que millones de europeos emigraron a América. Italianos, irlandeses, suecos, españoles, judíos errabundos: todos cerraban la maleta y marchaban lejos para subsistir. Cuenta Kovacsics que en la Viena de Zweig, en casi la mitad de los pisos —en su mayoría minúsculos— residían personas en régimen de realquiler. Más de 60.000 personas vivían, además, como inquilinos de cama. Dormían en la cocina o en un rincón de la habitación que compartían con el inquilino principal. El tiempo libre lo dedicaban a dar vueltas por la ciudad o a matar las horas en un café.

 

Por tanto, ni aquella Europa de cafeterías donde refugiarse del frío y el aburrimiento suena tan cautivadora como los cafés de Steiner, ni aquel éxodo masivo hacia América de europeos sin trabajo y de judíos perseguidos suena tampoco a la seguridad que añoraba Zweig. Es decir: igual no era tan perfecto aquel mundo perdido. Y quizá por eso se perdió.

 

Esa es la inquietud que me ha quedado respecto al presente en forma de una pregunta incómoda. ¿De verdad que la Europa actual, esa que mañana podemos llamar con añoranza nuestro mundo de ayer, es tan perfecta y segura, tan modélica y eficaz? ¿No la estaremos idealizando mientras un rider pedalea por las calles oscuras de nuestra ciudad para repartir una hamburguesa fría a alguien que no puede permitirse soñar con poseer una vivienda, criar a sus hijos o trabajar sin precariedad? ¿Vamos los privilegiados a beber capuchino con nata y canela espolvoreada al café Steiner mientras millones de europeos se acodan en la barra de una anodina cafetería de la esquina a paliar su frío —sus problemas, su desesperanza, sus miedos— con un cortado rápido mientras alguien, por la pantalla del móvil, les dice yo soy tu última oportunidad?

 

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Paco Cerdà es periodista y escritor español.

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