Jorge Garavito Cárdenas
Voz Digital
Hace 90 años, el fascismo que destruyó la última República que ha vivido España, asesinó al poeta Federico García Lorca, cuando tenía 38 años. Casi treinta años después, la propia Jefatura Superior de Policía de Granada confirmaría su fusilamiento por «socialista y homosexual» en un informe fechado el 9 de julio de 1965. Sin embargo, aún no se ha celebrado ningún juicio ni se ha esclarecido el paradero de su cadáver.
La disputa por la memoria del poeta continúa. La Biblioteca del Ayuntamiento de Madrid, hoy gobernado por la derecha española, tuvo que corregir un tuit de su cuenta en esa red social después de afirmar que García Lorca había «fallecido». La rectificación llegó tras las respuestas de cientos de usuarios, que denunciaron como intolerable el blanqueamiento del asesinato del poeta.
No es ningún secreto el desafortunado crecimiento que ha experimentado en los últimos años el pensamiento fascista, no solo entre la población española o europea, sino en distintas partes del mundo.
En este contexto, el diario francés L’Humanité publicó un homenaje a García Lorca en su portada, con un titular que adquiere una especial urgencia ante este panorama: «El eco de un canto antifascista».
Y quizá sea precisamente esa vigencia la mejor manera de entender la dimensión de su legado. La huella de Lorca ha atravesado generaciones, fronteras y lenguajes. La escritora argentina Victoria Ocampo, gran amiga del poeta, publicó en 1936 una carta como respuesta a ese asesinato, que concluía con una pregunta tan sencilla como desgarradora: «¿Me oyes, Federico García Lorca?». Una pregunta que sigue resonando.
También en Colombia su obra continúa encontrando nuevas formas de vida. El eco más conmovedor se encuentre en un lugar todavía más inesperado: el proyecto de promoción de lectura Motete, fundado en el Chocó por la escritora afrocolombiana Velia Vidal, quien le contó a la ensayista española Irene Vallejo que la idea de crear Motete nació después de leer el discurso que Federico García Lorca pronunció durante la inauguración de la biblioteca de Fuente Vaqueros. La voz del poeta asesinado en 1936 continúa viva en las voces de los niños del Pacífico colombiano.
Y es desde ese lugar —entre la memoria, la poesía y un presente en el que la extrema derecha vuelve a ganar espacio y, en Colombia, ya ocupa el Gobierno mientras algunos de sus representantes llegan incluso a burlarse, con balones de fútbol, de las víctimas de un terrible terremoto— donde resulta imposible leer estos versos de Lorca sin sentir que se nos quiebra la garganta:
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena,
son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora
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los que nos empujan en la garganta.
(Paisaje de la multitud que vomita, Poeta en Nueva York)



