Lluís Bassets*
EL PAÍS
A Trump ya no le entienden ni los suyos. Sucede en todos los ámbitos, pero el peligro es extremo cuando se trata de armas nucleares. “Si hay algo consistente en la política contra la proliferación nuclear de Estados Unidos es su inconsistencia”, ha escrito Victor Cha, destacado politólogo de la Universidad de Georgetown. Ni el más fanático trumpista puede explicar su actitud amistosa y negociadora con Corea del Norte, que manda soldados a Ucrania al servicio de Putin, suministra misiles a Rusia e incluso puede echar una mano a Irán para recuperar su programa nuclear.
Entre los sustos trumpistas del verano destaca la suspensión de unas maniobras militares con Corea del Sur con malas excusas sobre su costo excesivo y el propósito cierto de congraciarse con Kim Jong-un, el dictador de Corea del Norte, para intentar de nuevo una negociación que ya fracasó en su primer período presidencial. Trump necesita algún triunfo para satisfacer sus ensueños pacificadores cuando se le atasca la paz en Oriente Medio, ya que no sabe qué hacer con su desastrosa guerra contra Irán en la que Ormuz se convierte en un arma de disuasión equivalente a la bomba nuclear iraní.
Al mismo repertorio paradójico pertenece el acuerdo con Arabia Saudí sobre enriquecimiento de uranio, que situará a Riad en el umbral industrial previo a la obtención del arma atómica. Trump concede a una tiranía aliada el derecho que niega a una tiranía enemiga, y se dispone a negociar cara a cara con una potencia nuclear ilegal peligrosa, que tiene al alcance de sus misiles territorios periféricos estadounidenses. Todo eso, en mitad de la guerra para quitarle a Irán las armas que Corea del Norte posee.
Nunca falta en decisiones como estas el habitual elemento de distracción para compensar pérdidas u ocultar maniobras en marcha. Hay también una especie de exhibición reivindicativa del carácter soluble e instantáneo de las alianzas, que con Trump se han convertido en posiciones de riesgo y desventaja. Quienes no aceptan el vasallaje son castigados, como les sucede a quienes le deniegan la ayuda a su insensata guerra contra Irán, sean Corea del Sur o los países europeos. Cuenta finalmente con el tropismo autoritario, que le lleva a dar credibilidad a los autócratas y a las relaciones bilaterales entre poderosos y a desconfiar de las democracias y de los acuerdos e instituciones multilaterales.
En ambos casos, son movimientos tácticos sin claro horizonte ni siquiera a medio plazo. Difícil si no imposible es el total desarme nuclear de Corea del Norte, la dictadura que ha sabido eludir las políticas de no proliferación. El arma nuclear es un seguro de vida, como quedó demostrado con Gadafi, que la entregó y fue derrocado y asesinado, y Sadam Husein, que no la alcanzó y sufrió un camino similar. Lo es incluso para las democracias, como Ucrania, que renunció a su arsenal y ha sido atacada. La apertura hacia Corea del Norte solo puede animar a Irán a mantenerse en sus trece en el control de Ormuz y a recuperar su programa atómico, algo que podría estar más cerca de lo que indican las bravuconadas trumpistas.
Tampoco está claro que el acuerdo saudí llegue a buen puerto. Israel veta el enriquecimiento de uranio en territorio árabe, pues lo considera un peligro para su propia seguridad. Pero Trump aspira a convencer a Netanyahu después de conseguir de Mohamed Bin Salman el reconocimiento de Israel dentro de los Acuerdos de Abraham. No tiene en cuenta que nada harán los saudíes si el único proyecto vivo para los palestinos es la liquidación definitiva de su derecho a un Estado propio como pretende el Gobierno de extrema derecha israelí.
Las consecuencias del tacticismo tienen profundidad estratégica. Trump está impulsando con sus políticas inconsistentes la mayor era de rearme y proliferación desde la Guerra Fría. Legará un mundo sin tratados ni acuerdos de desarme. Rompió el acuerdo con Irán, cuyo valor contrasta con su fracaso en la guerra y en la paz. Liquidó el Tratado de reducción de fuerzas nucleares de alcance intermedio firmado por Reagan y Gorbachov en 1987. Se retiró del tratado de cielos abiertos que permitía el sobrevuelo para recoger información sobre instalaciones nucleares. Y dejó expirar el New Start, el último tratado de limitación de armas estratégicas.
Ningún presidente ha demostrado tanta frivolidad ante la proliferación nuclear ni tanta hostilidad hacia los tratados multilaterales. No hace falta esperar al post trumpismo para atisbar el tenebroso paisaje futuro. Si ahora hay nueve potencias nucleares, cinco reconocidas legalmente y cuatro de facto, dentro de diez años puede haber entre 10 y 15. China está acelerando su escalada hacia la paridad respecto a las otras dos superpotencias. Hay pocas dudas respecto a los efectos negativos de la inconsistencia trumpista para la seguridad de Estados Unidos. La multipolaridad nuclear sin multilateralidad jurídica y diplomática abre las puertas del infierno.
*Periodista español, ex director adjunto de El País.



