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DE GUERRA EN GUERRA

Del dominio territorial al dominio sistémico global

by Sottovocce
13 de mayo de 2026
in Opinión
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Henrique Salas Römer*

 

La semana pasada examinamos de cerca La Guerra de Trump: el bloqueo del Estrecho de Ormuz, el asedio petrolero a Irán, los torniquetes cruzados de chips y tierras raras con China, la cumbre con Xi que se aproxima. Era un análisis de precisión: los instrumentos, los tiempos, los puntos de presión.

 

Hoy vamos a hacer lo contrario. Alejarnos. Tomar distancia. Abrir el prisma para tomar perspectiva.

 

La semilla: Westfalia, 1648

 

En 1648, Europa —exhausta de guerras religiosas— firmó la Paz de Westfalia. Por primera vez se puso un límite al poder universal del Papa y del Emperador, quienes en forma conjunta presidían el ahora germánico Sacro Imperio Romano: en adelante, cada principado sería soberano, elegiría la religión, fuese católica o protestante, y establecería sus leyes. Las naciones aún no existían. Pero la semilla había sido plantada.

 

La idea germinó un siglo más tarde con la Ilustración escocesa. Hume, Smith y Ferguson imaginaron un orden fundado en la razón y el comercio, no en la herencia de sangre. Del príncipe se pasaría al ciudadano. El poder dejaría de ser un don divino para convertirse en un contrato entre hombres.

 

Cuando las trece colonias proclamaron su independencia en 1776, esas ideas tomaron cuerpo, nació Estados Unidos, la primera república soberana: un pueblo afirmaba que la autoridad nacía del consentimiento y no del linaje. La idea se propagó.

 

En el siglo XIX, América Latina desmanteló el imperio español. En el XX, la ola llegó a África, al Medio Oriente y a Asia. Y cuando, doscientos años más tarde, Vietnam alcanzó la independencia, la soberanía se había consolidado como principio universal.

 

Pero los viejos reflejos no mueren. En Rusia resuenan los ecos del zarismo. En Irán, los de la antigua Persia. En Turquía, las nostalgias otomanas. Xi Jinping es la reencarnación del antiguo emperador. El impulso es milenario.

 

La fuerza silenciosa

 

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Sobre todo este proceso cabalga una fuerza que los contemporáneos rara vez perciben con suficiente claridad: la tecnología. La Revolución Industrial transformó al mundo en formas mucho más profundas que cualquier guerra. Desplazó al campesino de la tierra, provocó —primero por ideales y después por conveniencia— la liberación de los siervos y los esclavos, generando una inmensa masa de desposeídos sin que aún existieran mallas de protección social. En 1848 surgió la respuesta más radical, el Manifiesto Comunista. También surgieron leyes y sindicatos, partidos que se preocuparon por la cuestión social. Fue el germen de la democracia social que hoy conocemos.

 

Hoy una fuerza semejante repite el desarraigo: la Revolución Digital. El algoritmo sustituye al obrero. La red reemplaza a la plaza. Se habla de reseteo, pero en cuanto a sus consecuencias reina la incertidumbre.

 

Yalta, Malta y el orden que se construyó — y se rompe

 

En 1914 estalló la Gran Guerra. Entonces se pensó que eran dos guerras, pero fue la Primera Guerra Global. Los imperios coloniales cayeron. De sus ruinas surgieron dos imperios territoriales, Estados Unidos y la Unión Soviética.

 

En febrero de 1945, Roosevelt, Churchill y Stalin se reunieron en Yalta y se repartieron el mundo. De aquella cumbre nació el andamiaje institucional de la posguerra: las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, los Acuerdos de Bretton Woods. Todo diseñado, financiado y operado bajo el paraguas del dólar. Multilateral en su forma, hegemónico en su fondo.

 

Casi cinco décadas después, en diciembre de 1989, Bush y Gorbachov se reunieron a bordo del Maxim Gorki, frente a las costas de Malta, pocas semanas después de la caída del Muro de Berlín. Gorbachov dijo: “El mundo está saliendo de una época y entrando en otra.” No hubo acuerdos firmados. No hizo falta. La Segunda Guerra Global había terminado, la Guerra Fría se derretía. La Alianza Atlántica se extendió hacia el Este, China ingresó a la Organización Mundial del Comercio en 2001. Un mundo unipolar pareció encaminarse hacia una era de franca globalización.

 

El sueño duró poco. El 11 de septiembre de 2001 marcó el primer gran quiebre. La respuesta —las invasiones de Afganistán e Irak— revelaron algo que nadie quería admitir: que la potencia más grande de la historia había sido humillada por “monjes antediluvianos”. Pero el error más costoso no fue la invasión de Irak, de por sí un disparate. Fue lo que vino después: el desmantelamiento del ejército iraquí y de sus fuerzas policiales. Ese vacío —deliberado, incomprensible en retrospectiva— dio inicio a la Tercera Guerra Global: una guerra difusa, asimétrica, híbrida, sin frentes visibles o declaración formal, pero presente en cada intersticio de la sociedad, en cada ciudad capital.

 

El teléfono celular cambió las reglas del juego: la guerra se trasladó del campo de batalla a la opinión pública, a la narrativa, a la pantalla. Bin Laden lo entendió aún antes de que el celular existiera, y mucho antes de que el Pentágono lo percibiera. La Primavera Árabe fue su primera manifestación de su capacidad de contagio, y de movilización.

 

Lo que comenzó como un impulso genuino de libertad en Túnez y Egipto, también en Libia, se convirtió, en Siria y Yemen, en el caldo de cultivo perfecto para el yihadismo, para los flujos migratorios masivos y la intervención de potencias regionales. El Medio Oriente que conocíamos dejó de existir. Y Europa, que miraba desde cerca, comenzó a sentir cómo la inmigración musulmana invadía culturalmente sus propios predios.

 

La paradoja: demoler la casa que uno mismo construyó

 

Trump es el primer mandatario en demoler el edificio multilateral desde adentro. Pero para entenderlo mejor hay que recordar que no es su primer mandato.

 

En su primer gobierno, entre 2017 y 2021, inició la ofensiva comercial contra China y rompió el acuerdo nuclear que Obama y Europa habían negociado con Irán —el llamado Plan de Acción Integral Conjunto— por considerarlo un gesto de ingenuidad que legitimaba al régimen sin desarmarlo. Sus críticos lo llamaron impulsivo. Él lo llamó realismo. Ante la ofensiva contra Huawei y la tecnología 5G China respondió. Y la pandemia de Covid-19, cuyo origen en un laboratorio de Wuhan no ha sido descartado por ninguna investigación seria, llegó en el momento más conveniente para detener una economía estadounidense que marchaba a todo vapor.

 

Los cuatro años de Biden fueron, involuntariamente, un regalo para Trump. Tuvo tiempo para pensar, depurar su diagnóstico y construir el equipo que quería. Regresó en 2025 con las mismas ideas pero más maduras, más resueltas, y con colaboradores que ejecutan sin chistar.

 

Comete errores, a veces graves. Anunció el ataque a las instalaciones nucleares de Irán en una red social antes de que sus propios servicios de inteligencia pudieran evaluar los daños. Lanza globos de ensayo que generan turbulencia innecesaria. Pero corrige. Y esa capacidad de corrección, combinada con un propósito subyacente más consistente de lo que sus críticos admiten, lo convierte en un actor histórico que merece ser analizado con seriedad.

 

Su estilo confunde. Su propósito es claro.

 

Desde enero de 2025 retiró a Estados Unidos de organismos internacionales, suspendió aportes a las Naciones Unidas, abandonó el Acuerdo de París sobre el clima —firmado por Obama en 2015— y socavó las reglas de la Organización Mundial del Comercio con aranceles recíprocos. En septiembre de 2025, ante 150 jefes de Estado en la Asamblea General, advirtió que “las instituciones globalistas han deteriorado de manera significativa el orden mundial.”

 

Era el arquitecto criticando su propio edificio, un edificio que —en verdad— ya no responde a la nueva realidad.

 

La pregunta incómoda es inevitable: ¿por qué haría eso un hegemón?

 

Lo hace porque Trump no cree estar destruyendo el poder estadounidense. Cree estar liberándolo de ataduras que constriñen su poder. Su diagnóstico es que el multilateralismo se convirtió en una trampa: un sistema de reglas que Estados Unidos inventó para organizar el mundo libre, pero que terminó atando sus propias manos.

 

Pero hay una dimensión que va más allá de la geopolítica clásica. Trump identifica una amenaza interior que considera igualmente grave: la erosión de la cohesión cultural y social del país. Lo que sus críticos llaman la guerra contra el movimiento WOKE no es, desde su óptica, una batalla cultural menor. Es la respuesta a un proyecto de ingeniería social —financiado desde el mundo corporativo y promovido desde foros como el de Davos— que ataca la estructura familiar, disuelve las fronteras identitarias y utiliza la inmigración masiva e ilegal como instrumento de transformación demográfica y electoral.

 

Es el antiguo sueño de la disolución nacional, ahora trajeado de responsabilidad corporativa y lenguaje de inclusión.

 

Trump quiere que Europa haga lo mismo. La considera rica pero débil, próspera, pero sin voluntad de defenderse. Quiere un destete: que Europa asuma su propia defensa, que haga frente a las aspiraciones rusas sobre Ucrania; que enfrente con decisión la infiltración que está horadando su cohesión cultural; que deje de delegar en Washington lo que solo ella misma puede resolver. El lenguaje es duro, pero Europa ha reaccionado. Se siente ofendida, pero a veces la indignación conduce a la dignidad.

 

Yalta construyó un orden sobre instituciones. Malta lo extendió. Lo que Trump intenta forzar —sin cumbre solemne, sin firma, sin un Gorbachov que pueda decir que sí— es una tercera reconfiguración. Esta vez el instrumento no es la diplomacia de sala ni el reparto de esferas de influencia. Es algo más crudo y más eficaz: el control de los nodos de los que depende el adversario. Los chips. Las tierras raras. El petróleo. El dólar. La atrición sistémica.

 

Lo que no cambia

 

En tres siglos, la humanidad ha pasado de los imperios de tierra y mar a los imperios invisibles de la tecnología y las finanzas. Lo que comenzó con los príncipes exhaustos de Westfalia culmina hoy en los servidores que almacenan nuestros datos, en las refinerías chinas que procesan el crudo iraní, en los chips que Washington quiere controlar en cualquier parte del mundo.

 

Cambian los instrumentos. Cambia la escala. No cambia la naturaleza del poder: sigue siendo la lucha por decidir quién manda en el tablero geopolítico mundial.

 

Si la apuesta de Trump funciona, habrá forzado una nueva reconfiguración del orden mundial. No creo que logre tanto. Puede lograr avances, pero a esta guerra aún le queda tiempo, largo tiempo por recorrer.

*Economista. Gobernador del estado Carabobo (1990-1996). Candidato en las elecciones presidenciales de 1998, fundador Proyecto Venezuela.

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