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Caracas, una capital cercana al cielo

by Sottovocce
25 de mayo de 2026
in Opinión
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Henrique Salas Römer*

Viví en Caracas veinte años. De 1970 a  1990. Tiempo de sobra para hacer amigos, ver crecer a mis hijos, y conocer el encanto de la ciudad. También para sentir la fuerza abismal de su transformación.

Vi de cerca la “Democracia con Energía” de CAP 1, y cinco años después la “Venezuela Hipotecada” que denunció su sucesor. Viví el Viernes Negro. Y al ir temprano a mi trabajo, vi muertos en las calles después del Caracazo. Ya próximo a marcharme, sentí de cerca la impetuosa llegada de Fidel Castro al paraninfo en el que CAP asumiría nuevamente el poder.

Caracas era —y en el fondo sigue siendo— una ciudad adorable. El Ávila como telón permanente, un clima que no se olvida, espacios sociales gratos, una cultura genuina. Una ciudad que invita a vivir.

Pero el boom petrolero transformó todo, salvo su encanto.

 

Se sentía que navegábamos sobre una ola de riqueza interminable. La especulación inmobiliaria se convirtió en el oficio del día. El venezolano que viajaba al exterior compraba sin mirar el precio. El ‘ta barato, dame dos se hizo proverbial. Nosotros, como muchas familias caraqueñas que conocimos, procuramos que nuestros hijos se mantuvieran a distancia de todo aquello.

Pero no todos lo vieron así.

Una generación entera creció creyendo, sobre todo en Caracas, que eso era Venezuela. Que el dinero llegaba solo. Que valía más la relación que el trabajo, más el contacto que la dedicación. Y esa generación —formada en Caracas, convencida de que Caracas es distinta a Venezuela y está más cerca del Cielo— ha terminado poblando buena parte del liderazgo político del país.

De allí nace una fractura.

La lente de la infancia

La psicología política y la economía del comportamiento llevan décadas documentando algo que mis estudios sobre la evolución de la historia confirman: que en los primeros quince años de vida se consolida en cada persona la idea de lo que es normal. Normal en lo económico, en lo político, en lo que una sociedad puede y debe esperar de sí misma. Ese tamiz —formado en la infancia, raramente revisado en la adultez— es la lente con la que luego se leen las circunstancias.

 

La generación que hoy conforma buena parte del liderazgo venezolano se formó en los años setenta, cuando el boom petrolero produjo su mayor impacto. Para un niño que creció en Caracas, rodeado de abundancia, de intensificación urbana, sintiendo que Venezuela —por su riqueza— era un país excepcional, eso no era una bonanza pasajera, eso era lo normal.

 

Y luego vino el golpe.

El Viernes Negro de 1983 rompió la ilusión de la estabilidad cambiaria de un día para otro. El Caracazo de 1989 mostró que debajo del barniz de prosperidad había una Venezuela distinta, furiosa, que nadie había querido ver. Y cuando una generación vive ese arco en sus años formativos —abundancia primero, derrumbe después— algo se instala para siempre: la desconfianza. Desconfianza en las instituciones, y sobre todo en liderazgos individuales.

De ese tamiz nació una manera de hacer política, muy distinta a la que prevaleció en el Siglo XX, con presidentes, todos, hijos de la Venezuela rural. Es una forma cerrada y excluyente de hacer política, recelosa de todo liderazgo personal.

Quien vio cómo se derrumbó todo prefiere repartir el poder antes que concentrarlo. Prefiere el acuerdo de cúpula antes que la figura que crece sola y tema no poderla controlar. Prefiere el contacto, los espacios exclusivos, el club conocido antes que la apuesta incierta.

Esa es la primera fractura: una visión del país construida sobre el rentismo y la desconfianza, instalada en los años más impresionables de una generación que intenta copar todos los espacios de poder.

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La ciudad que se alejó del país

Pero hay una segunda fractura, tan profunda como la primera y más difícil de ver porque no está en la historia sino en el mapa.

Caracas es hoy a Venezuela lo que Nueva York es a Estados Unidos —pero llevado al extremo. Nueva York concentra las finanzas, los medios, la cultura. Pero Estados Unidos tiene una capital política, Washington, y también Chicago, Houston, Los Ángeles, Boston. Tiene contrapesos reales. Venezuela no. Caracas lo absorbe todo: el capital financiero, los medios de comunicación, las redes internacionales, las conexiones con Washington y Miami, y la casi totalidad de las élites económicas y políticas del país.

No hay segunda ciudad que equilibre. No hay otro centro que compita.

Eso no es un accidente. Es el resultado de décadas de centralismo petrolero: el petróleo entró por un solo puerto, se administró desde una sola capital, y enriqueció a una sola ciudad. El resto del país recibió lo que —consciente o inconsciente— Caracas decidió repartir.

Y el resto de Venezuela lo percibe.

Su tamiz, el tamiz que se formó en el resto del país, es distinto. No vivió la abundancia de los setenta de la misma manera. Su idea de lo normal es otra. Su Venezuela es otra. Y, sin embargo, el liderazgo que habla en su nombre lleva décadas mirando desde Caracas, hablando el idioma de Caracas, negociando desde los espacios de Caracas.

Eso produce algo más que distancia geográfica. Produce una distancia de comprensión que ningún discurso puede cerrar.

Tenemos entonces una doble fractura: un liderazgo formado en el trauma y la abundancia simultáneos de una sola ciudad, que desarrolló una visión del poder como reparto y del país como renta. Y una capital que absorbió todo el peso del centralismo petrolero, dejando al resto de la nación sin mayor voz o silla en la mesa donde se deciden las cosas. Claro, la renta del petróleo se la robaron, pero la estructura sigue allí.

Son dos fracturas que se refuerzan mutuamente. Y que explican, mejor que cualquier conspiración, por qué Venezuela lleva décadas atrapada.

El pragmatismo de Vichy

Hay que ser justos con esa generación y con quienes —sin serlo— sintieron en este siglo diluirse sus anclajes de poder. No todo fue tamiz y comodidad. También fue circunstancia.

Venezuela no vivió una crisis política ordinaria. Vivió la ocupación progresiva de sus instituciones por un proyecto revolucionario foráneo, sostenido desde La Habana, que fue desmantelando sistemáticamente los espacios democráticos durante más de dos décadas. Frente a esa realidad, el liderazgo opositor desarrolló una estrategia que tenía su propia lógica: sobrevivir. Mantener espacios. Preservar estructuras en ausencia de un anclaje popular. Negociar lo suficiente con el ocupante para seguir existiendo.

La historia tiene un nombre para eso: Vichy.

En 1940, Francia caída ante la ocupación nazi confió su destino al Mariscal Pétain —héroe de Verdún, figura de enorme prestigio moral— quien estableció en la ciudad termal de Vichy un gobierno que negoció con el ocupante los términos de la derrota. No fue resistencia. Nunca lo fue. Fue supervivencia: la convicción de que preservar algo era mejor que perderlo todo. Pero ese pragmatismo fue cediendo pieza a pieza, concesión tras concesión, hasta volverse cómplice de lo que decía tolerar.

El paralelismo venezolano no es perfecto. Ninguna analogía histórica lo es. Pero la lógica es la misma: un liderazgo que confundió sobrevivir con tolerar, que normalizó la negociación con el régimen hasta convertirla en sistema, que cuando llegó el momento de tomar el poder prefirió repartirlo, quedándose con buena parte.

Un pragmatismo, en última instancia, inmoral.

Y lo más revelador: ese pragmatismo no desapareció con la dictadura. Se hizo ubicuo. El mismo instinto opera ahora en dos o tres escenarios a la vez.

La excepción que confirma la regla

Es precisamente en medio de ese vacío donde surge María Corina Machado.

El dato no es menor: ella también es caraqueña. También se formó en esa ciudad, en esa época. Pero proviene de una familia que, como otras familias caraqueñas, mantuvo durante la bonanza hábitos de trabajo y austeridad. Ese detalle —que parecería anecódtico— lo explica casi todo.

Porque María Corina no habla el idioma del club. No negocia cuotas. No construye poder distribuyendo favores. Propone meritocracia en un ambiente donde esa palabra suena subversiva. Y en lugar de anclar su proyecto en las redes caraqueñas de siempre, salió a caminar el país —el país real, el interior, el Venezuela que no aparece en las reuniones de cúpula.

Y el país le respondió.

Esa respuesta masiva no fue casual. Fue el reflejo de una fractura que llevaba décadas acumulándose en silencio: un liderazgo que hablaba desde Caracas y desde el rentismo, y una mayoría del país que tenía otro tamiz, otra memoria, otra idea de lo que Venezuela puede ser.

Pero la muralla no cedió. Los residuos del viejo sistema —con sus redes económicas, sus contactos internacionales, su paciencia de quien sabe que los ciclos pasan y los intereses permanecen— trasladaron el campo de batalla. Ya no es solo en Caracas donde se libra la disputa por las cuotas. Es también en Washington, donde la capacidad de cabildeo sigue siendo un activo poderoso y donde las decisiones sobre sanciones, reconocimientos y apoyos selectivos pueden inclinar balanzas que las urnas no han podido.

María Corina no resolvió la doble fractura. Pero la hizo visible. Y eso, en política, es el primer paso.

El riesgo gatopardiano

Venezuela atraviesa hoy una transición. El escenario cambió. Pero los actores, en buena medida, son los mismos.

Y con ellos, el instinto: garantizar la cuota antes que construir el país. Asegurar la posición antes que definir el proyecto. El pacto tácito de élites que ha operado durante décadas como mecanismo de supervivencia busca ahora operar como mecanismo de poder. Es el mismo pragmatismo con distinta envoltura.

Ese es el verdadero riesgo gatopardiano. No el ideológico sino el estructural. Que todo cambie para que la doble fractura permanezca intacta. Que el liderazgo siga siendo predominantemente caraqueño, con su tamiz rentista, mirando el país desde arriba. Y que el Venezuela profundo —el que respondió masivamente a una propuesta de meritocracia y trabajo— siga esperando una arquitectura de poder que lo incluya.

Ni los herederos de Vichy ni siquiera María Corina, quizás, han hecho un diagnóstico completo. Ambos operan dentro de la fractura sin nombrarla o la consideran normal. Y mientras no tenga un nombre, no se resuelve.

Ese es el objeto de este artículo. Compartir mi percepción.

Venezuela no solo necesita un cambio de gobierno. Necesita una visión consonante con su geografía, y una arquitectura política que responda a su vocación federal.

*Economista. Ex candidato presidencial, gobernador de Carabobo (1990-1996). Fundador de Proyecto Venezuela

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