Editorial de El País
La ola ultraconservadora que recorre América Latina ha logrado este domingo en Brasil un triunfo de enorme trascendencia y plagada de riesgos para el país y el continente. Pese a que la mayoría de las encuestas pronosticaba una victoria en primera vuelta del actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, el senador Flávio Bolsonaro ha logrado imponerse. La diferencia es estrecha, pero coloca al hijo del exmandatario encarcelado Jair Bolsonaro en una posición privilegiada para la segunda vuelta del 25 de octubre. Además, el Partido Liberal del expresidente y sus hijos ha reforzado su presencia en el Congreso, tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados.
El impacto del resultado va más allá de las fronteras del país. La victoria de Bolsonaro se suma a los recientes resultados de la derecha radical en Colombia y Perú y a los giros conservadores que antes experimentaron otros países de la región, muy distintos y sociedades con problemas dispares, pero atravesados todos por un mismo malestar. La extrema derecha ha sabido convertir ese descontento en una poderosa oferta electoral basada en el orden, la revancha y la impugnación del legado progresista.
Brasil representa ahora el nuevo campo la batalla de esa ola reaccionaria. Frente a los avances sociales de las últimas décadas se consolida una forma de entender el poder que promete recortes, mano dura y venganza, y convierte al adversario en enemigo. Flávio Bolsonaro ha tratado de distanciarse de los excesos retóricos de su padre, pero no de su proyecto. Nunca ha condenado la conspiración golpista encabezada por Jair Bolsonaro después de perder las elecciones de 2022. Y ha prometido indultarlo si llega a ser presidente, y borrar las consecuencias judiciales de uno de los episodios más graves sufridos por la democracia brasileña desde el fin de la dictadura. Todo esto supone una nefasta carta de presentación y un augurio poco alentador para el coloso americano.
Lula, símbolo para el progresismo global, llega a esta última batalla desgastado, con los claroscuros propios de quien ha gobernado durante 11 años en distintos periodos y con una sociedad profundamente polarizada. Pero representa también una etapa de prosperidad, reducción de la pobreza, ampliación de derechos y fortalecimiento de políticas públicas que transformaron la vida de millones de brasileños. En su tercer mandato devolvió además a Brasil protagonismo internacional y reconstruyó parte del Estado social desmantelado durante los años de Jair Bolsonaro.
Los brasileños necesitan saber no solo qué hará el próximo presidente, sino cuáles son los límites que está respetará una vez en el poder. El 25 de octubre elegirán entre dos proyectos radicalmente distintos. El vencedor tendrá que asumir que debe gobernar para todos los brasileños y respetar las instituciones, los derechos de las minorías y las reglas que hicieron posible su propia victoria. Y, sin embargo, el favorito para la segunda vuelta y su clan familiar se han situado siempre en las antípodas de este compromiso. En un continente donde la tentación autoritaria vuelve a ganar terreno, Brasil tiene la responsabilidad de demostrar que las urnas sirven para cambiar o confirmar gobiernos, pero nunca para debilitar la democracia.



