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Portada » Ángela Banzas, finalista del Premio Planeta

Ángela Banzas, finalista del Premio Planeta

La escritora se abre en cuerpo y alma con su último título, el más íntimo, una historia emocional que enlaza con la memoria histórica y sus raíces gallegas.

by Sottovocce
16 de noviembre de 2025
in Domingo de Letras
MADRID, 04/11/2025.- Ángela Banzas, escritora gallega de thrillers finalista del Premio Planeta 2025 por 'Cuando el viento hable', durante la presentación de las novelas ganadora y finalista del mencionado galardón este martes en el instituto Cervantes, en Madrid. EFE/ Javier Lizon

MADRID, 04/11/2025.- Ángela Banzas, escritora gallega de thrillers finalista del Premio Planeta 2025 por 'Cuando el viento hable', durante la presentación de las novelas ganadora y finalista del mencionado galardón este martes en el instituto Cervantes, en Madrid. EFE/ Javier Lizon

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Rosa Sánchez de la Vega

MAGAS

 

Ángela Banzas ha logrado situarse entre las voces más destacadas del panorama literario español. Finalista del Premio Planeta 2025 con Cuando el viento hable, su quinto libro y el más introspectivo hasta la fecha, nos transporta a su tierra, la Galicia rural de la posguerra, explorando secretos familiares, la fuerza femenina y la vulnerabilidad humana.

 

Licenciada en Ciencias Políticas y MBA por la Escuela Europea de Negocios, debutó en 2021 con El silencio de las olas y ha publicado La conjura de la niebla, La sombra de la rosa y El aliento de las llamas. Con su último título, consolida una carrera marcada por la intensidad emocional y la exploración de la memoria histórica.

 

¿Qué supone ser finalista del Premio Planeta?

 

Lo primero es el reconocimiento. Escuchar de la voz de Luz Gabás comentarios tan elogiosos sobre esta novela —que además considero especialmente íntima, la más personal y la más especial que he escrito— me llena de satisfacción.

 

Además, representa un impulso importante para mi trayectoria literaria. Supone mayor exposición, una gira más ambiciosa y la oportunidad de llegar a más lectores que quieren adentrarse en una historia y, como siempre digo, sentir.

 

Has estado publicando en un círculo más pequeño. ¿Te da vértigo este nuevo escenario o lo equilibras con lo positivo que mencionas?

 

Creo que, también debido a mi edad y a mi forma de ser, no siento vértigo. Confío plenamente en el trabajo que he realizado y en toda la pasión que he volcado en estas páginas para transmitir y emocionar. Sé que este año será más complicado sacar tiempo para escribir, pero quiero disfrutar cada momento del proceso.

 

Has estudiado Ciencias Políticas. ¿De qué manera influye esa formación en la mirada que proyectas en tu literatura?

 

Incluso en la parte íntima de esta novela hay una dimensión política. Me formé en ello porque me interesaba mucho ese ángulo: me da sensibilidad para mirar a mi alrededor —lo social, lo político, lo económico— y eso condiciona mi forma de explorar contextos, como la posguerra.

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Además, cuando lo llevo al presente —algo que me gusta hacer— soy consciente de que muchos lectores también realizan ese mismo ejercicio al terminar el libro.

 

¿Por qué has querido abordar la violencia institucional del franquismo desde la ficción en lugar de hacerlo desde la historia?

 

Siempre utilizo esa herramienta para incluir todos los elementos que considero relevantes y dejar que sea la persona que se enfrenta a ello quien haga su propia valoración y saque sus conclusiones.

 

En el caso de la violencia institucional durante esta época, quería poner el foco en la importancia de no mirar al otro como un diferente. Ese odio, que se propaga como un virus, se infiltra en la sociedad.

 

Durante ese periodo, se consideraba a algunas personas casi como subhumanas y se les podía hacer cualquier cosa simplemente por pensar distinto o tener convicciones religiosas o políticas diferentes.

 

¿Cómo trabajaste la dimensión feminista, al hablar del cuerpo de la mujer como un campo de batalla?

 

Reflexionaba mucho sobre la represión y el uso del mismo como instrumento de control. En Santiago, por ejemplo, algunas eran llevadas para ser abusadas o simplemente amenazadas: les rapaban la cabeza o las violaban para obligarlas a revelar la ubicación de un hermano, un padre o un marido.

 

Este tipo de violencia no solo se limita a lo físico; también afecta al alma. Situaciones similares han ocurrido en otras guerras, incluso en campos de violación sistemática hacia ellas.

 

Además, cuando se combina con creencias religiosas u otras ideologías, las secuelas se profundizan: el estigma pesa y, en muchos casos, las víctimas deben enfrentarse a la indiferencia o el rechazo de la sociedad.

 

Sofía es la protagonista. Has mencionado que esta historia surgió de una vivencia tuya en un momento de gran vulnerabilidad. ¿Cómo se refleja eso en la novela?

 

No se trata solo de la vulnerabilidad de una persona enferma que enfrenta la muerte, sino también de la que implica ser mujer y niña en aquella época.

 

Sin embargo, eso se transforma en fortaleza: ella es poderosa porque su fuerza reside en su mente. Su felicidad depende únicamente de ella. Allí encuentra un refugio, un impulso y los ideales necesarios para enfrentar cualquier adversidad.

 

El coronel Vallejo encarna la masculinidad médica y militar. ¿Qué querías transmitir con él respecto a la sociedad y la moral de la época?

 

Quise mostrar cómo la disciplina, la obediencia y los valores rígidos pueden imponerse sobre la humanidad y la libertad individual.

 

Representa una época en la que la apariencia y los cánones sociales pesaban más que la comprensión y el afecto. Y refleja cómo se legitimaba el control, la autoridad y el desprecio hacia quienes eran diferentes.

 

Su figura simboliza el poder de la norma frente a la sensibilidad y la libertad personal.

 

Escribes sobre mujeres heridas. ¿Es también una forma de sanar?

 

Sí. Todo lo que escribimos es una manera de mirar nuestras propias heridas, de identificar dónde están esas cicatrices. Ver dónde empieza y dónde termina cada una. Una vez que lo sabes, puedes aceptarla y seguir adelante. Es un proceso que, de alguna manera, cura.

 

 

¿Cómo equilibras la belleza con la crudeza en tu novela?

 

Hay mucha, al igual que oscuridad, porque refleja un tiempo complicado y difícil. Pero es algo que se compensa con la imaginación de la protagonista, con los libros, las historias, las palabras, las personas, la amistad y el amor.

 

Todo eso aporta belleza. Incluso en los momentos más difíciles, nos enseña que siempre hay oportunidades, que la vida puede mejorar y que las heridas pueden convertirse en cicatrices.

 

¿Qué papel tienen los silencios? ¿Son parte de crecer y de la herencia de la infancia?

 

En esa época había muchos, como en todas las familias. Puede ser un espacio para encontrarnos a nosotros mismos, pero también convertirse en un muro que nos impide conectar con los demás.

 

Quise mostrar cómo esa generación, que tuvo que vivir así, nos ha legado su voz, no como legado de odio, sino como una oportunidad para valorar y reflexionar.

 

¿Sientes que la literatura gallega todavía se percibe como algo periférico?

 

Me gustaría creer que no, pero según cómo se etiquete —por ejemplo, literatura gallega o narrativa femenina— todavía puede considerarse como periférica. A veces resulta frustrante, pero es una realidad que comparto con otras escritoras que trabajan bajo categorías similares.

 

¿Qué simboliza el viento en tu novela?

 

Para mí es la mezcla de tiempo, suerte y destino. Cuando pienso en Cuando el viento hable, más allá del misterio o la intriga, reflexiono sobre qué queremos, cómo queremos ser arrastrados por él, qué huella dejamos con nuestro nombre, nuestro recuerdo, nuestro paso por el hoy.

 

Este elemento se lleva parte de nosotros y eso nos hace preguntarnos qué queremos que conserve.

 

Dices que la guerra se paga con almas. ¿A quién pertenecen las mismas hoy en día?

 

Hoy hay muchas y eso es lo difícil. Las herencias de generación en generación las nutren con recuerdos que ni siquiera les pertenecen.

 

En la novela, que también tiene un alegato importante, hablo de esperanza y de un llamado pacifista: avanzar hacia la luz. La historia oscila entre oscuridad y claridad y mi intención es retener ese péndulo hacia ese lugar más luminoso, hacia un aprendizaje y un cambio.

 

¿Has vuelto a tu niñez a través de la novela? ¿Qué descubriste?

 

Sí, desperté a esa pequeña que fui. Como decía Rilke: «La verdadera patria del hombre es la infancia», una sin bandera.

 

Volver a mirar con la inocencia de esa etapa, me permitió recuperar colores, valorar la vida y transitar episodios difíciles, como el del hospital, para darles sentido.

 

¿Cómo es tu mirada ahora sobre la vida y la memoria?

 

Es reflexiva, no diría que optimista, pero sí esperanzada. Confío en que todo tiene sentido y que puede transformarse. Somos responsables de nuestra memoria individual y colectiva: es el ‘cuando el viento habla’, preguntarnos qué queremos recordar.

 

¿Crees que la memoria colectiva puede transmitirse a través de la ficción?

 

Sí. Se trata de una herramienta que tiene poder porque nos deja un pozo donde observar, reflexionar y valorar. Ojalá esta narración deje algo así en los lectores, como otras historias lo hicieron en mí, para entender y reinterpretar la realidad.

 

¿Qué esperas de aquellos que lean tu novela?

 

 

No pretendo que interpreten mensajes concretos, sino que sientan lo que cuento. Confío en el poder de las emociones: lo que nos conmueve se integra en nuestra experiencia, en nuestra memoria, en nuestra forma de ver y valorar la vida. Ahí puede surgir un motor de cambio, tanto de forma individual como colectiva. Espero que se conmuevan y se lleven algo personal que les haga reflexionar.

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